Voy dentro del vagón del metro, sin muchos lujos, como es de costumbre en el transporte publico. El metro se detiene en la estación Barrancas, para luego continuar su marcha hacia la estación Laguna Sur. En el momento en que el tren comienza a avanzar recuerdo que entre esas dos estaciones existe un severo cambio de atmósfera, debido a que las vías pasan de estar en el subterráneo a elevarse y establecer su recorrido varios metros sobre el nivel del pavimento peatonal y automovilístico de la calle. Durante ese lapso de aproximadamente 15 segundos, viene a mi mente el concepto Umbral, que es el término principal con el que trabajaremos nuestra próxima entrega.
Pasar de un lugar con exterior oscuro, inerte y artificial, a quedar "flotando" sobre la inmensa e imponente ciudad, con una potente luz solar traspasando los vidrios y un paisaje de vida cotidiana tomándose las calles, me parece un ejemplo más que adecuado para referirnos al acto de atravesar un umbral.
Fijo mi vista en los materiales que componen el interior del metro (piso, techo, vidrios y pasamanos), y también en los rostros de los pasajeros, que forman un coro de ceños fruncidos. Me doy cuenta que esta instancia no es bien aprovechada desde este punto de vista. Los elementos mencionados están hechos principalmente de materiales reflectantes, lo que me incomodó y saturó la vista. Sentí mi cuerpo mucho más caluroso que en la calle, y levante mi vista para darme cuenta que los vidrios aumentaban vastamente la sensación térmica.
Me invade la disconformidad. Sin duda, dándole un poco más de importancia a detalles como estos se lograría mejorar un poco la cotidianidad que nos vemos obligados a asimilar.
El tren avanza desde Monte Tabor a Del Sol, y vuelve la oscuridad a inundar el tren. Nuestra vista.

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