El viaje hacia el Monasterio Benedictinos fue, para mi, otra prueba clara de que las mejores experiencias van de la mano con el recorrido. De camino hacia nuestro destino, luego de bajar de la micro con varios compañeros, lo que seguía para llegar era caminar aproximadamente unos 20 minutos de subida. Ahí comenzó para mi la reflexión. En aquel día nublado pude sentir como aquella suave y opaca luz de día otoñal generó entre los presentes una atmósfera cálida, tranquila y familiar, que derivó en un trayecto muy agradable, con conversaciones muy interesantes.
Al llegar al templo me percaté de que este poseía muchas ventanas, lo que lógicamente me llevo a pensar que dentro de ese lugar no se fomentaba demasiado el uso de la energía eléctrica artificial para generar espacios iluminados. Y así fue. Al ingresar me encontré con un ambiente que puedo definir como hostil, frió, apagado, pero no por eso menos pacifico. Me encontré con el silencio, junto con una atmósfera de tranquilidad que provocaba que mis suaves pisadas y la de mis compañeros resonaran amplificadas. Recordé nuestro objetivo en el lugar, y justo en ese momento me percato que sobre mi lado izquierdo había una representación de la virgen Maria, junto al niño Jesús, que a pesar de mi carencia de creencias religiosas me generó un impacto poderoso, a consecuencia de que la luz solar en aquel lugar estaba categóricamente pensada para resaltar aquella imagen.
Me di unas vueltas por el lugar, hasta llegar a un tragaluz ubicado en el techo del lugar, el cual a primera vista parecía no tener un objetivo claro. Sin embargo comprendí que al no existir fuentes artificiales de energía en la entrada y el pasillo de la entrada (ubicada en dirección a una especie de vacío hacia un costado, separado por una muralla de unos 1,5 metros) aquel tragaluz, en combinación con el material del piso y paredes (bastante reflectantes) cumplían a cabalidad esa tarea.
Posterior a eso me dirigí a las bancas que habían en el salón principal frente al altar, y tome asiento. En ese momento mire hacia el púlpito y sentí que el lugar donde me ubicaba era perfecto para descansar mi mente. Mi vista no estaba saturada por luz, pero tampoco debía forzarla para analizar mi alrededor. Entonces recordé el concepto "sagrado" y busqué su definición.
"Que merece un respeto excepcional y no puede ser ofendido"
La luz presente, a mi criterio, respetaba mis sentidos y a mi mente de manera excepcional. Saque mi celular para utilizarlo como luxómetro. 141 Lux fueron los indicados para generar en mi una atmósfera sagrada.